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El ajedrez es muy sensible a las épocas y a las modas, como sucede con las personas. Esto, que puede parecer un poco extraño a los que no conocen este juego, ocurre desde los inicios del ajedrez , e incluso en el lenguaje especial de los ajedrecistas, del que ya hemos hablado, se dice de ciertas jugadas o aperturas, que “están o se han puesto de moda”.
En la Edad Media, por ejemplo, se jugaba al ajedrez como si de un torneo medieval se tratara: se intentaba ganar en pocas jugadas y de forma contundente, y se inventaron las celadas, término con sabor puramente medieval, que hace alusión a trucos y trampas que se tienden al principio de la partida.

En la época del romanticismo en Europa, en el siglo XIX, el ajedrez también se dio por aludido: así, la explosión de sentimientos, de creatividad, de pasión que caracterizaba a este movimiento, se expandió también a este juego, y los ajedrecistas intentaban sobre todo crear belleza sobre el tablero, sin que importase demasiado el resultado. Cuando ya se extinguió el romanticismo, y se dio paso a movimientos culturales más racionales y científicos, los ajedrecistas también cambiaron y empezaron a jugar de manera más práctica y menos creativa.
Puestos así, algún viejo romántico llegó a exclamar: ¡Esto no es ajedrez! Existen muchos ejemplos más de cómo el ajedrez ha sido influido por los movimientos y corrientes intelectuales y artísticas. ¿Cómo se juega hoy en día, en la época de la globalización, que es la época del mestizaje? Esta pregunta se la hice un día al extremeño Pérez Candelario, uno de los mejores jugadores de España, y me vino a dar una respuesta que viene a confirmar lo que estoy diciendo: “Hoy se juega de todo y de muchas maneras”. En el siglo XVIII, imperaban en el ajedrez las buenas formas y la caballerosidad, al contrario de lo que sucede hoy en día, no solo en ajedrez.
En aquella época no había ningún control de tiempo, y los jugadores podían estar pensando una jugada lo que quisieran. Se cuenta que en un torneo importante, un jugador, algo cansado ya porque su contrincante llevaba dos horas sin mover, le preguntó con exquisita educación: “Disculpe: ¿le queda mucho para efectuar su jugada?”. A lo que el otro le contestó asombrado “Ah, pero, ¿me toca mover a mí?”. Eran otros tiempos.
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